24 Diciembre 2010
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Actualidad -
Estética y Filosofía
Las lecturas habituales de la filosofía han prestigiado el aspecto óptico y visual frente al acústico y sonoro. No es extraño que en los últimos años se hayan alzado voces como la del filósofo francés Jean-Luc Nancy reclamando a los filósofos una atención mayor a la escucha. En 2002 publicó un texto titulado Á l’écoute[1], que cinco años después fue traducido al castellano y que, a pesar de que no comparto todas sus afirmaciones, creo muy recomendable. En cualquier caso, conviene al planteamiento que desde hace años realizo como reivindicación de lo sonoro en el ámbito de la estética. En ese sentido, cuando Nancy recomienda a los filósofos aguzar el oído, es inevitable desembocar en los paisajes sonoros, ya sea de artistas o, como en el caso que presento ahora, de filósofos.
Walter Benjamin es, como tantos autores, prisionero de las lecturas que ya se han establecido como canónicas y que, en la mayor parte de los casos, buscan hacer comprensible lo que, de suyo, tal vez no se pueda reducir a la comprensibilidad. En el caso de los textos de Walter Benjamin, la multitud de elementos entrelazados, filosóficos, literarios, teológicos, etc., dificultan una interpretación unívoca. En parte debido a esa complejidad –Palmier hablaba sencillamente de ‘ambigüedad’ en Benjamin- y en parte debido al interés por la expectativa como oyente, he dedicado una parte de mi tiempo últimamente a sumergirme en los paisajes sonoros de Walter Benjamin. Esa de dedicación a las obras de Walter Benjamín desde una perspectiva menos habitual me ha conducido a la composición de “KfWB”, una propuesta musical y politextual en varios sentidos, que pude estrenar hace unos días dentro del V Festival SMASH de Música Contemporánea en Salamanca. Pero me ha conducido también a esta especie de invitación a una lectura diferente de los textos de Walter Benjamin.
Benjamin escribió una carta a Adorno el 27 de diciembre de 1935 que me parece un fundamneto adecuado para estas reflexiones que presento:
“Querido señor Wiesengrund:
[…] permítame decirle que le recordé ayer con profundo pesar cuando me llegó la noticia de la muerte de Alban Berg.
Usted sabe muy bien hasta qué punto su obra es la única bajo cuyo signo pudieron alcanzar nuestras conversaciones sobre un ámbito para mí normalmente lejano la misma intensidad que otras. Y todavía guardará usted, sobre todo, en su recuerdo aquella conversación que siguió a la representación de Wozzeck”[2].
Walter Benjamin conocía desde unos años antes a Theodor W. Adorno y sabía hasta qué punto estaba unido a su maestro Alban Berg. Pero en esta carta reconoce también su propia deuda intelectual con la obra berguiana. La lectura de esta correspondencia y la que se cruzó entre Alban Berg y Adorno se complementan y nos ofrecen varios testimonios de la recepción de la ópera Wozzeck y de la importancia de la misma más allá del ámbito estricto del mundo musical. De hecho, Benjamin le concede la influencia suficiente como para que la intensidad de las conversaciones marcadas por él fuera similar a la de otras. Lo que muestra claramente Benjamin es una sensibilidad musical que está presente en otras cartas también. Y si acudimos a otros textos benjaminianos nos encontramos con que esa sensibilidad musical es más amplia: Benjamin no eja de anotar en la mayor parte de sus obras el paisaje sonoro en el que está inmerso o, en los fragmentos literarios especialmente, de crear él un paisaje sonoro que, inevitablemente, completa la fantasía de cada lector.
Esta es, sin más, la invitación que propongo: lean ustedes a Benjamin con otros oídos: escapen de los tópicos, de los comentaristas ‘oficiales’, de lo ya dicho una y mil veces. Es momento de escuchar los paisajes sonoros de Walter Benjamin.








